Alejandro Fernández Romero es un tipo de paso firme. Tiene asegurado su coche. Aseguró, por supuesto, su piso en el centro, también la hipoteca, y el banco del que es cliente. Ha asegurado su trabajo, por si lo pierde, y otro seguro por si tarda en encontrar otro empleo. En un rapto de pasión aseguró a su novia, a su hija y a sus suegros. Los padres están asegurados, así como la casa de campo y las mascotas. Aseguró, a causa del escepticismo, su salvación en el cielo, de tal modo que si no la obtiene, sus herederos percibirán una pensión para oficiar misas en su recuerdo. Ha asegurado la tumba, el cementerio, los zapatos, el camino del trabajo, la integridad de sus trajes, la nevera, el aire acondicionado y por último la propia aseguradora. Lamentablemente, nunca nadie le aseguró que realmente él fuera Alejandro Fernández Romero.
Venir llorando
Un poco de todo...
sábado 17 de marzo de 2012
lunes 12 de marzo de 2012
El río de tu espalda
Mis manos viven en el río de tu espalda,
y veo en tus párpados la sospecha de un sueño.
Es perfecto el trapecio de tus pechos,
que van y vienen,
como las ondas del agua.
Resbalan mis dedos dándole libélulas a tu nuca,
y mis labios, son un tigre que piensa en gacelas.
Tus pestañas tiemblan por instantes,
y sólo murmuran crucigramas.
Sentado me extasío en la belleza de tu espalda,
tu pelo -corrientes que silban-
se bifurcan en la curva de tus hombros.
Tus hombros son dos mundos en el cielo y
cuando cruzas tus manos como pájaros en vuelo
me olvido de mis ausencias,
y entiendo que eres un renacimiento.
Tejo mil aventuras cuando recorro el surco de tu espalda.
Lo lleno con agua,
navego, escalo y
le siembro flores con aromas lejanos.
Oh, señora, han pasado mil años
y sueño que vivo en las colinas de su espalda.
Déjame ahí para ponerle sus ojos a la luna,
para ser un eterno caminante,
y sembrarle estrellas subterráneas.
y veo en tus párpados la sospecha de un sueño.
Es perfecto el trapecio de tus pechos,
que van y vienen,
como las ondas del agua.
Resbalan mis dedos dándole libélulas a tu nuca,
y mis labios, son un tigre que piensa en gacelas.
Tus pestañas tiemblan por instantes,
y sólo murmuran crucigramas.
Sentado me extasío en la belleza de tu espalda,
tu pelo -corrientes que silban-
se bifurcan en la curva de tus hombros.
Tus hombros son dos mundos en el cielo y
cuando cruzas tus manos como pájaros en vuelo
me olvido de mis ausencias,
y entiendo que eres un renacimiento.
Tejo mil aventuras cuando recorro el surco de tu espalda.
Lo lleno con agua,
navego, escalo y
le siembro flores con aromas lejanos.
Oh, señora, han pasado mil años
y sueño que vivo en las colinas de su espalda.
Déjame ahí para ponerle sus ojos a la luna,
para ser un eterno caminante,
y sembrarle estrellas subterráneas.
sábado 10 de marzo de 2012
En el instante
Como el día anterior, y el anterior, y el anterior al otro, detuvo el coche en el mismo semáforo y a la misma hora camino del trabajo. Coincidió de nuevo con la mujer empujando un carrito de niño que pasaba frente a él. Entonces reparó en que eso mismo había sucedido el día anterior, y el anterior, y el anterior al otro, es más, se dio cuenta de que en ese instante no albergaba ningún otro recuerdo aparte de la mujer pasando frente a él y se supo atrapado. Intentó abrir la puerta, pero no acertaba a encontrar el tirador. Cada vez más nervioso, trató de escabullirse marcha atrás sin que el motor respondiera. Comenzó entonces a golpear frenético la ventanilla mientras gritaba desesperado. De repente, la mujer se giró hacia él mostrándole en sus ojos destellos de la locura provocada porque jamás vería crecer a su hijo. Se alejó a toda prisa en cuanto el semáforo se puso en verde, llegó al trabajo y al día siguiente volvió a detenerse en el mismo cruce, donde una mujer atravesaba la calle empujando un carrito de niño vacío.
miércoles 29 de febrero de 2012
Un Picasso auténtico
Sucedió de madrugada. Me encontraba en mi jardín de amapolas y a gusto con mi botella de whisky. También degustaba mi siempre dosis razón de cocaína (gentileza del muchacho más noble que conocí) y encantaba mi psiquis con Dióptrica, uno de los mejores ensayos de René Descartes.
Es sabido, entre quienes me conocen y enaltecen, que siendo pequeño temí a los árboles. Temía el semblante esquelético, las ramas que inmortalizaban en la penumbra de mis sueños a huesos de manos muertas, y el ruido del viento cruzando entre sus copas; esos susurros dignos de pesadillas.
En fin, dije que sucedió de madrugada; lo anterior fue solo anecdótico o, a lo sumo, traumático. Lo cierto es que el vagabundo pasó empujando un carrito de supermercado lleno de cosas: cartones, madera, papeles, un gato moribundo, vidrios, zapatos y, entre todo ese bagaje, un enorme cuadro.
Se detuvo al nivelar la puerta de rejas que protege mi jardín y mi salud mental de los maniáticos que deambulan por el mundo porque éste los hizo pedazos. Me miró. Cotejó mi soledad sin extrañeza. Sus manos pordioseras se metieron entre sus porquerías, removiéndolas con rapidez y cuidado. Sacó el cuadro. Caminó hasta el cordón de la vereda y desde allí dijo:
- Es un Picasso auténtico…
Me reí en silencio, sin demostrarlo. Dejé mi botella de whisky sobre el césped y me acerqué a la verja. Revisé el cuadro. De inmediato, supe que era una falsificación de excelente calidad. Sin embargo, pregunté:
- ¿Y cuanto pide por el cuadro?
El vagabundo giró la cabeza hacia la plaza donde unos muchachos atizaban un fuego y se resguardaban del frío. Respiró profundo:
- Quiero un pedazo de pan.
- Mire, es un Picasso auténtico, debería pedir mucho más.
- Tengo hambre.
Pensé un instante.
- Espéreme aquí, por favor.
Caminé hasta el interior de mi casa y regresé con un pedazo de pan. Se lo di en la mano. El vagabundo me entregó el cuadro y se fue.
Colgué el cuadro en una de las paredes de mi casa. Todos los días me detengo y lo contemplo. Ampara mi desequilibrio espiritual y lo encapsula: suelo confesarle mis estados de ánimo y, a veces, mis niveles de endorfina se disparan y me socorren; sonrío. Luego atravieso todo lo largo del pasillo donde está exhibido e imagino que es auténtico. En el salón observo a mis perros jugar con un trapo viejo y se tranquilizan. Son obedientes. En ocasiones, cavan pozos en el jardín y entierran huesos.
Yo los cuido; ellos me toleran, e ignoran que no tengo pan para la cena.
Es sabido, entre quienes me conocen y enaltecen, que siendo pequeño temí a los árboles. Temía el semblante esquelético, las ramas que inmortalizaban en la penumbra de mis sueños a huesos de manos muertas, y el ruido del viento cruzando entre sus copas; esos susurros dignos de pesadillas.
En fin, dije que sucedió de madrugada; lo anterior fue solo anecdótico o, a lo sumo, traumático. Lo cierto es que el vagabundo pasó empujando un carrito de supermercado lleno de cosas: cartones, madera, papeles, un gato moribundo, vidrios, zapatos y, entre todo ese bagaje, un enorme cuadro.
Se detuvo al nivelar la puerta de rejas que protege mi jardín y mi salud mental de los maniáticos que deambulan por el mundo porque éste los hizo pedazos. Me miró. Cotejó mi soledad sin extrañeza. Sus manos pordioseras se metieron entre sus porquerías, removiéndolas con rapidez y cuidado. Sacó el cuadro. Caminó hasta el cordón de la vereda y desde allí dijo:
- Es un Picasso auténtico…
Me reí en silencio, sin demostrarlo. Dejé mi botella de whisky sobre el césped y me acerqué a la verja. Revisé el cuadro. De inmediato, supe que era una falsificación de excelente calidad. Sin embargo, pregunté:
- ¿Y cuanto pide por el cuadro?
El vagabundo giró la cabeza hacia la plaza donde unos muchachos atizaban un fuego y se resguardaban del frío. Respiró profundo:
- Quiero un pedazo de pan.
- Mire, es un Picasso auténtico, debería pedir mucho más.
- Tengo hambre.
Pensé un instante.
- Espéreme aquí, por favor.
Caminé hasta el interior de mi casa y regresé con un pedazo de pan. Se lo di en la mano. El vagabundo me entregó el cuadro y se fue.
Colgué el cuadro en una de las paredes de mi casa. Todos los días me detengo y lo contemplo. Ampara mi desequilibrio espiritual y lo encapsula: suelo confesarle mis estados de ánimo y, a veces, mis niveles de endorfina se disparan y me socorren; sonrío. Luego atravieso todo lo largo del pasillo donde está exhibido e imagino que es auténtico. En el salón observo a mis perros jugar con un trapo viejo y se tranquilizan. Son obedientes. En ocasiones, cavan pozos en el jardín y entierran huesos.
Yo los cuido; ellos me toleran, e ignoran que no tengo pan para la cena.
miércoles 15 de febrero de 2012
Una vieja guitarra acústica
Michael Foucault sostenía que los que ostentan el poder definen la normalidad. Defendí esa idea hasta que percibí un error en ella, principalmente porque mantiene cierta discordancia con el concepto de democracia, de eso que, según occidente, es el gobierno de los pueblos. Luego, volví a defenderla, una vez que comprobé que mi trabajo teórico hondaba en dispositivos imposibles de contrastar con la empiría. En fin, yo me entiendo.
Así las cosas, he dejado de beber y he abandonado proyectos. También, lo confieso, he salido menos a la calle. Mi casa ha mutado en una jaula de coyotes dotado de tecnologías y ostracismo, e intento reducir mi tamaño hasta que las lunas adopten mi forma. No cabe en mí la posibilidad de hacer otras cosas: tengo miedo; es un miedo profano, instintivo. Sin embargo, con antelación a estas decepciones, que por lo demás no son montajes alegóricos de un insociable, supe llevar una vida más o menos uniforme, estandarizada, con aciertos de tipo común. Es cierto que un día noté que el camino de mi casa al trabajo era toda la aventura posible para mí. No importa. Probablemente, la historia que aquí me propongo contar no despierte emoción alguna. No lo haré con este propósito; ciertos niveles de humillación estoy dispuesto a tolerar. La contaré, a secas, solo para preveniros porque hoy he despertado de buen humor.
Sucedió en el 99, en un bar de Murcia. Bebía whisky. Con la mirada registraba celosamente el antro, atiborrado de almas simples, de las que me causan sorpresas, culpables de no sé cuántas fechorías. Estaba allí por una razón: por el artista, el tiránico de la prosa, la voz herida, la conjunción exquisita de lírica dentellada y compromiso. Algo somnoliento, aplanado en el humo, lo vi aparecer.
El tipo subió al escenario (que no era otra cosa más que una tarima a punto de desmoronarse) y colocó una banqueta justo debajo de una tenue luz azul. Se sentó en ella y sacó una guitarra acústica del estuche. Era una Washburn. La conectó a un amplificador. En solo segundos, la afinó valiéndose de un diapasón de metal al que hizo vibrar golpéandolo en la caja del instrumento. Luego, ecualizó el sonido. Ordenó, con un gesto, un vaso con zumo de limón. En su último concierto, había tenido problemas con su garganta; solía padecer ataques de tos y flemas. Una camarera enfundada en cuero negro y de caderas malvadas tuvo la gentileza de alcanzarle el vaso. De inmediato, el tipo comenzó a cantar. Al hacerlo, su voz silenció las que pululaban en la clandestinidad de la noche.
Terminada su primera canción, encendió un cigarro. Nada dijo. Lo fumó, arrastrando su mirada por las caras apagadas de su público, sus sensibles incondicionales. Solo atinamos a observarlo; pero también lo hacíamos entre nosotros: ese tipo nos despertaba alguna emoción fantástica en el menguar de la madrugada y el devenir de las primeras luces matinales que nos mantenía cautivos y absortos. Se llevaba el cigarro a la boca y largaba el humo por la nariz. También lo hacía por la boca, formando pequeños círculos, que terminaba por deformar con sus manos. De vez en cuando jugaba a desafinar y afinar su guitarra. Terminó el cigarro y lo arrojó al piso, sin suelo. En seguida, siguió cantando.
Entonó una veintena de hermosas canciones folk de su extenso y noble repertorio. A mi gusto, faltaron “Raven, el criminal y estadista”, “ Levitando en Rusia” y “Gas pimienta para las masas desconsoladas”, sus mejores composiciones. Escuché que alguno se quejó porque no interpretó “Un dólar entre las piernas” ni “Amor despótico”. En fin, todos allí esperábamos cosas distintas.
Cuando terminó su concierto, y antes de retirarse, nos confesó que aquella era su última función. Sentí desvanecer en un hondo penar. Su honestidad desmanteló mis ilusiones, en verdad, y creí estremecer: él, mi ídolo, me abandonaba. Sentí la orfandad rondar en torno a mí, otra vez. Segundos después, advertí que no era el único al que la novedad lo había perturbado. Nos quedábamos sin Cristo, sin crucifixión.
Un incauto entre el gentío exigió una razón, increpándolo. El cantante no contestó de inmediato y, de hecho, no lo hizo en momento alguno. Decidió que era propicio mantenerse en silencio, después de todo el artista sabe lo que hace y por qué. El incauto volvió a preguntar, solo que esta vez lo notamos enfurecido. Cogió una botella de la barra y la partió contra una columna. Su mano sangraba. Pasamos de la contemplación a la expectación silenciosa y quizás a la perversidad. El instante se tensó y todo lo mágico se deslizó a un plano secundario.
Lo cierto es que el cantante no dio las razones. El incauto, tras un ataque de ira que supimos controlar a tiempo y entre muchos, asimiló la verdad con dolor. Algunos lloraban silenciosamente. Otros gemían afligidos.
Desde entonces y una vez a la semana, el incauto (cuyo nombre sé que es falso) viene a mi casa y me visita. Solo un desequilibrado con mi distorsionado sentido de la realidad pudo darle la dirección de su casa a un lunático como él, cuyo fanatismo desencajó por completo su cordura. El tipo zozobra fuera de toda sensatez y, aún así, mantiene cierta lucidez que prefiero olvidar. Jura que me visita porque me estima y porque supe ayudarlo, y por el entusiasmo que nos despierta las canciones del artista retirado.
Sé, no obstante, que me visita por otra razón. Aquella noche, al consumarse el show, el cantante me obsequió su vieja guitarra acústica. También sé que, en cierta forma, el peligro se apuesta y me circunda, ya que no faltará oportunidad para que intente lo peor: hacerse con el instrumento una vez que consiga apoderarse de mi amistad. Ignoro hasta dónde es capaz de llegar. Y algo me dice que, en la noche de hoy, vendrá a mi casa. Por si acaso, me esconderé una navaja en el zapato. No vaya a ser cosa que, conjeturando lo inevitable, me tome por desprevenido y consiga su cometido.
Así las cosas, he dejado de beber y he abandonado proyectos. También, lo confieso, he salido menos a la calle. Mi casa ha mutado en una jaula de coyotes dotado de tecnologías y ostracismo, e intento reducir mi tamaño hasta que las lunas adopten mi forma. No cabe en mí la posibilidad de hacer otras cosas: tengo miedo; es un miedo profano, instintivo. Sin embargo, con antelación a estas decepciones, que por lo demás no son montajes alegóricos de un insociable, supe llevar una vida más o menos uniforme, estandarizada, con aciertos de tipo común. Es cierto que un día noté que el camino de mi casa al trabajo era toda la aventura posible para mí. No importa. Probablemente, la historia que aquí me propongo contar no despierte emoción alguna. No lo haré con este propósito; ciertos niveles de humillación estoy dispuesto a tolerar. La contaré, a secas, solo para preveniros porque hoy he despertado de buen humor.
Sucedió en el 99, en un bar de Murcia. Bebía whisky. Con la mirada registraba celosamente el antro, atiborrado de almas simples, de las que me causan sorpresas, culpables de no sé cuántas fechorías. Estaba allí por una razón: por el artista, el tiránico de la prosa, la voz herida, la conjunción exquisita de lírica dentellada y compromiso. Algo somnoliento, aplanado en el humo, lo vi aparecer.
El tipo subió al escenario (que no era otra cosa más que una tarima a punto de desmoronarse) y colocó una banqueta justo debajo de una tenue luz azul. Se sentó en ella y sacó una guitarra acústica del estuche. Era una Washburn. La conectó a un amplificador. En solo segundos, la afinó valiéndose de un diapasón de metal al que hizo vibrar golpéandolo en la caja del instrumento. Luego, ecualizó el sonido. Ordenó, con un gesto, un vaso con zumo de limón. En su último concierto, había tenido problemas con su garganta; solía padecer ataques de tos y flemas. Una camarera enfundada en cuero negro y de caderas malvadas tuvo la gentileza de alcanzarle el vaso. De inmediato, el tipo comenzó a cantar. Al hacerlo, su voz silenció las que pululaban en la clandestinidad de la noche.
Terminada su primera canción, encendió un cigarro. Nada dijo. Lo fumó, arrastrando su mirada por las caras apagadas de su público, sus sensibles incondicionales. Solo atinamos a observarlo; pero también lo hacíamos entre nosotros: ese tipo nos despertaba alguna emoción fantástica en el menguar de la madrugada y el devenir de las primeras luces matinales que nos mantenía cautivos y absortos. Se llevaba el cigarro a la boca y largaba el humo por la nariz. También lo hacía por la boca, formando pequeños círculos, que terminaba por deformar con sus manos. De vez en cuando jugaba a desafinar y afinar su guitarra. Terminó el cigarro y lo arrojó al piso, sin suelo. En seguida, siguió cantando.
Entonó una veintena de hermosas canciones folk de su extenso y noble repertorio. A mi gusto, faltaron “Raven, el criminal y estadista”, “ Levitando en Rusia” y “Gas pimienta para las masas desconsoladas”, sus mejores composiciones. Escuché que alguno se quejó porque no interpretó “Un dólar entre las piernas” ni “Amor despótico”. En fin, todos allí esperábamos cosas distintas.
Cuando terminó su concierto, y antes de retirarse, nos confesó que aquella era su última función. Sentí desvanecer en un hondo penar. Su honestidad desmanteló mis ilusiones, en verdad, y creí estremecer: él, mi ídolo, me abandonaba. Sentí la orfandad rondar en torno a mí, otra vez. Segundos después, advertí que no era el único al que la novedad lo había perturbado. Nos quedábamos sin Cristo, sin crucifixión.
Un incauto entre el gentío exigió una razón, increpándolo. El cantante no contestó de inmediato y, de hecho, no lo hizo en momento alguno. Decidió que era propicio mantenerse en silencio, después de todo el artista sabe lo que hace y por qué. El incauto volvió a preguntar, solo que esta vez lo notamos enfurecido. Cogió una botella de la barra y la partió contra una columna. Su mano sangraba. Pasamos de la contemplación a la expectación silenciosa y quizás a la perversidad. El instante se tensó y todo lo mágico se deslizó a un plano secundario.
Lo cierto es que el cantante no dio las razones. El incauto, tras un ataque de ira que supimos controlar a tiempo y entre muchos, asimiló la verdad con dolor. Algunos lloraban silenciosamente. Otros gemían afligidos.
Desde entonces y una vez a la semana, el incauto (cuyo nombre sé que es falso) viene a mi casa y me visita. Solo un desequilibrado con mi distorsionado sentido de la realidad pudo darle la dirección de su casa a un lunático como él, cuyo fanatismo desencajó por completo su cordura. El tipo zozobra fuera de toda sensatez y, aún así, mantiene cierta lucidez que prefiero olvidar. Jura que me visita porque me estima y porque supe ayudarlo, y por el entusiasmo que nos despierta las canciones del artista retirado.
Sé, no obstante, que me visita por otra razón. Aquella noche, al consumarse el show, el cantante me obsequió su vieja guitarra acústica. También sé que, en cierta forma, el peligro se apuesta y me circunda, ya que no faltará oportunidad para que intente lo peor: hacerse con el instrumento una vez que consiga apoderarse de mi amistad. Ignoro hasta dónde es capaz de llegar. Y algo me dice que, en la noche de hoy, vendrá a mi casa. Por si acaso, me esconderé una navaja en el zapato. No vaya a ser cosa que, conjeturando lo inevitable, me tome por desprevenido y consiga su cometido.
Para Sol
viernes 27 de enero de 2012
Préstame tu cuerpo
Dispuestos sobre la mesa los cinabrios, los magentas, violetas, rojos geranios, amarillos, verdes, ocres y demás tonos tierras y, si no te gustan los primarios, haremos mezclas sin blanco alguno para que no palidezcan. El tarro de los pinceles ronronea sobre la mesa y oigo como le dice al disolvente que se aparte, que los marea...La paleta yace insinuante provocando a la rasqueta.
El lienzo será tu cuerpo. Has de quedarte desnuda para mancharte con los colores de todas las tierras. No elijo ninguna, las otras quedarían recelosas de no ser ellas las madres que te parieron y que te dieren a beber la leche de sus tetas...
Álza los brazos, saluda, la primera paletada cubrirá ojos y boca, chorreará arte por tus valles... Rios de rojos y azules transitarán tus piernas, los pies, cómo no, de ocres y marrones tierras. Los naranjas rabiosos, como el sol de Africa, por encina quedarán de tu cabeza.
Mi amigo, el que amaba a Aleister Crowley, recitará a la Mistral, a Blanca Varela... Mientras hacemos un descanso Lorca corre de mi cuenta.
Que corra un buen vino. Hoy estamos de fiesta.
El lienzo será tu cuerpo. Has de quedarte desnuda para mancharte con los colores de todas las tierras. No elijo ninguna, las otras quedarían recelosas de no ser ellas las madres que te parieron y que te dieren a beber la leche de sus tetas...
Álza los brazos, saluda, la primera paletada cubrirá ojos y boca, chorreará arte por tus valles... Rios de rojos y azules transitarán tus piernas, los pies, cómo no, de ocres y marrones tierras. Los naranjas rabiosos, como el sol de Africa, por encina quedarán de tu cabeza.
Mi amigo, el que amaba a Aleister Crowley, recitará a la Mistral, a Blanca Varela... Mientras hacemos un descanso Lorca corre de mi cuenta.
Que corra un buen vino. Hoy estamos de fiesta.
lunes 16 de enero de 2012
Mesías
1.
5 AM. Ella y yo. Le digo: “pasa”. Entramos a mi casa. No recuerdo su nombre. Estoy entre Katy y Naty. Tipología: tetona, morena, caliente. Se desnuda. Tiene calor. Me acuerdo de las pastillas que tomamos en la fiesta. Va al lavabo y bebe agua durante unos tres minutos. La espero y hago lo mismo. Me pregunta qué tengo; saco mi DNI y dispongo dos líneas blancas sobre una mesa de vidrio. Aspiro una. Se acerca sacudiendo sus tetas; aspira la otra. Le ofrezco más. Me contesta: “estoy bien así”. Me quito la ropa. Advierto mi erección y sonrío. Katy o Naty suelta una carcajada. La toco y me detiene. Dirige mi cabeza hacia sus genitales. Minutos más tarde empezamos. Varío el ritmo: rápido, más rápido, lento, profundo, más lento, rápido. Me creo actor porno. Los vaivenes de sus muecas me provocan un efecto hipnótico. De golpe, siento todo con suma nitidez. Colores. Aromas. Texturas. Palpitaciones. El trayecto de mi vida. ¡Tengo el poder! Soy un sabio, un gurú. Soy Superman. Soy Jesucristo. Soy Buda. Soy Dios. Soy Mario Kreutzberger. Soy Luksic, Angelini y Matte a la vez. Siento todo. Siento náuseas. Cierro los ojos. Abro los ojos y veo a mi madre. Me estoy tirando a mi madre. Siento náuseas. Mi madre me dice: “tu cama huele a perro”. Cierro los ojos. Abro los ojos. Katy o Naty me dice: “tu cama huele a perro”. Siento náuseas. Vomito sobre Katy o Naty: vodka y patatas fritas.
2.
Todo parte en mi infancia. Fue miserable, pero feliz. Bendita sea la ignorancia en que vivía. Ahora sé cosas. Maldito sea el momento en que conocí a Dostoievski, a Camus, a Poe; el instante en que descubrí la belleza de la poesía, el minuto en que quedé maravillado con el cine. Mis compañeros de colegio siempre serán unos ignorantes. Ellos no aprendieron a apreciar el arte; dejaron todas las puertas cerradas. Los envidio. Envidio su mala educación. Ahora tienen oficios con sueldos viles, ven fútbol todos los fines de semana, reclaman contra el gobierno de turno desprovistos de argumentos plausibles, peregrinan dentro de pautas preestablecidas por su metro cuadrado, son machistas, son obtusos y se emborrachan tres o cuatro veces al mes. Así existen. Lo peor de todo es que la mayoría de ellos son felices. El conocimiento sólo sirve para deprimirte. No es necesario crecer pensando y razonando, sino que experimentando y errando. Ratifico: el saber no funciona. Tu alma morirá. La ignorancia, en cambio, es la puta gloria.
3.
Corro al baño y sigo vomitando. Desde mi dormitorio, Katy o Naty me grita insultos y me lanza objetos (discos, ceniceros, tazas, una lámpara). Mientras tanto Rita, mi perra, ladra eufórica. Después de vaciar mi estómago, la busco y no la encuentro. La puerta de mi casa está abierta. Sobre mi cama, Rita lame los restos de mi regurgitación. La echo a patadas y se va con la cabeza gacha, pero me da lástima y le silbo para que regrese. Y la muy pilla salta al catre, meneando su mugrienta cola (sabe que me reiré), y duerme junto a mí. Al fin y al cabo, es igual que yo.
4.
Durante mucho tiempo viví en una pocilga en medio de una quebrada con mis padres y mis dos hermanos. Comíamos mal y no teníamos luz ni agua. Si llovía, había que dormir en el barro; y si te ponías malo, había que rezar. Pero a mí no me importaba. A mis ojos, sobrevivir era una buena vida (no conocía otra). En mi escuela todos eran como yo, a excepción de los profesores. Recuerdo que me hice amigo de una niña; le contaba cómo andaban las cosas en mi casa y me oía con atención (ahora sé que era compasión). A veces, me regalaba comida, monedas o velas; yo lo encontraba lo más normal del mundo. Siempre me daba consejos. Cuando mi hermano mayor se fue de casa, la niña me dijo que ahora yo debía hacerme cargo de mi hermana pequeña, Magdalena, que era sordomuda. Y así lo hice: le cocinaba, la hacía reír, la iba a dejar y a buscar a su escuela especial. A su corta edad, se entendía muy bien con todos. Lógico: nadie le contó que era distinta a los demás.
5.
3 PM. Despierto. Miro a mi alrededor y me contextualizo. Pienso: “estoy en mi casa, estoy solo, es martes”. La casa que habito huele a mierda de perro y vómito. Echo a Rita a la calle e intento reducir la inmundicia con una limpieza rápida. Tengo hambre. Reviso el frigo y sólo encuentro dos panes duros; me los engullo como un animal. Momentos después, me hago un porro de marihuana y me pongo a fumar en la cama. Al cabo de unos minutos ya estoy durmiendo. Más tarde, alguien golpea la puerta y abro los ojos. Es Juan, un amigo. Dice: “ya son las 10 de la noche; ¿hacemos algo?”. Al mismo tiempo, deja una botella de ron un ron sobre la mesa y va por dos vasos. Voy al baño, me mojo la cara, intento despabilarme. Regreso y Juan me muestra una bolsa de setas. Me como unos cuantos junto a unos sorbos de alcohol y pongo el “Kid A” de “Radiohead”. Mi amigo se molesta y me pide música más alegre. Acto seguido, me pregunta cómo me fue ayer con la Paty.
6.
Continuemos con mi infancia. Mi padre, José, se dedicaba a la carpintería; mi madre, Mary, a la prostitución. Descubrí que era puta durante mi adolescencia, varios años después de que nos abandonara; la vi en otra ciudad, vendiéndose en una esquina. Vomité. Tenía ocho años el día en que ella se despidió y no retornó. Todo empeoró a partir de ahí. Mi padre se volvió alcohólico; no lo culpo. Cada vez que conseguía algún trabajo se bebía el dinero que obtenía, hasta que llegó el momento en que se consumió en su vicio. Pasaban semanas sin que lo viéramos. A veces, mi hermano y yo lo encontrábamos tirado en la calle y vaciábamos sus bolsillos; nunca hallamos mucho. Por largo tiempo tuvimos que vivir de la limosna. Mi hermano, Pedro, es seis años mayor que yo; apenas tuvo la oportunidad, se hizo narco y se fue de la casa. A menudo iba a dejarnos dinero a mi hermana y a mí. El día que nos dejó, se encargó de que mi papá no se olvidara de su despedida: le fracturó las costillas y le dislocó la mandíbula. Jamás se han vuelto a ver.
7.
Me hallo en un bar. Suena “Ojalá no te hubiera conocido nunca”. Estoy, pero no estoy. Una mujer me baila; viste un peto rosado que deja ver su abdomen gelatinoso. Sentado en un estropeado sillón, alterno mi visión entre su danza y las inestables luces del local. La canción se oye distante; el bajo, en cambio, es claro y retumbante. La mujer ahora se sienta en mis genitales y continúa moviéndose. Me lame la cara. Oigo risotadas lejanas. En realidad, todo me parece lejano, excepto el invariable sonido del bajo. En algún momento llego a un estado en que nada sé y nada me importa; a un terreno desvanecido e indefinible, donde no existe la noción espacio-tiempo, la realidad paralela que suelo visitar: carcajadas perturbadas, bailes deformes, alcohol desmedido, percepción distorsionada. Voy al baño del bar y me tiro a la chica del peto rosado. Y vuelve a aparecer mi madre, y vuelve a esfumarse. No eyaculo. Me subo el pantalón y veo pasar un ratón.
8.
Perdí la virginidad a los 13 años. La vida es diferente en las afuerzas; se vive en la extrema incultura y libertad, como animales. A esa misma edad dejé mi casa. Lo recuerdo como si fuese ayer. Una furgoneta blanca estacionó fuera de mi escuela, en pleno recreo. Tocaron la campana y entramos a las aulas, entonces el director vino a buscarme. Dijo: recoge tus cosas. Me llevarían a un hogar de menores. Me acuerdo que me condujo por el patio vacío hacia el vehículo. Sentí miedo, desolación. Cuando vino a mi mente Magdalena, entré en pánico. Me eché a llorar, a gritar. Me negué a irme con ellos. Debía protegerla, no podía dejarla sola. A mitad de camino me detuve, absorto, en el centro del patio. Decidí arrancar, pero el director me frenó. De inmediato, se aproximaron dos hombres con traje; me llevaron a rastras al furgón y me metieron a la fuerza, entre mis lágrimas y chillidos. Desde las ventanas de las salas de clases, todos los alumnos observaron mi espectáculo. Presumo que la escuela quedó en silencio, así ocurría siempre.
9.
Unos pasos me despiertan, creo. Tal vez estoy soñando. Entreveo una neblinosa silueta femenina caminando hacia una puerta. El portazo confirma la realidad de la imagen. Abro bien los ojos. Miro mi reloj y me contextualizo. Pienso: “es la 1:37 PM, es miércoles, acaba de irse una mujer que no recuerdo”. Resaca. Me levanto y bebo casi un litro de agua. Mi frigorífico está vacío. Busco la llave de la casa de Juan y voy para allá. Está durmiendo. Reviso su despensa y satisfago mi apetito. Regreso. Estoy desocupado y sin energía, así son mis días. Enciendo el televisor. Pura basura, basura que consumo a diario. Basura que crea héroes falsos, basura que idiotiza. Basura necesaria. Empiezo a fumar yerba, me acuesto, me duermo.
10.
El hogar de menores me mostró otra vida, una segmentada. Me abofeteó la cara y me mostró las cosas como son. De mi papá me alejé por completo, no así de mis hermanos. Pedro me visitaba cada vez que podía; a Magdalena la adoptó una tía y nos seguimos viendo al menos una vez por semana. Mi estadía en el hogar me trajo cosas buenas y malas. De entre las primeras, sin duda, están la alimentación y el abrigo. Y de entre las segundas: los prejuicios, la exclusión, aceptarme como un individuo de segunda clase. De un día para otro, todo mi sistema de creencias se derrumbó.
11.
Suena “Paranoid android” de “Radiohead”. Estoy durmiendo. No sé si la escucho o la sueño. La música se detiene, en seguida vuelve a comenzar. Despierto. Es mi teléfono móvil.
- ¿Sí?
- Hola, soy la Paty.
- ¿Paty?
- Sí, Paty.
- …
- ¿Te acuerdas de mí?
- Algo…
- Nos hemos acostado varias veces. El martes me vomitaste en la cara.
- Ah… ¿Qué te cuentas?
- Te llamaba pa’ decirte que tengo sida, así que tú también.
Colgó. Bostecé. Seguí durmiendo.
12.
Conversemos de mi adolescencia. Me enamoré, sufrí, me enamoré otra vez, infligí sufrimiento. Hasta que me aburrí, o desistí, o dejé de creer en la magia. Pasé de la candidez y el entusiasmo a la vulnerabilidad y el pesimismo. Podríamos decir que me transformé en el prototipo de un existencialismo mal entendido. Culpo al arte. En la época que estuve en el hogar de menores, un conjunto de imágenes o letras formaban la puerta de escape de mi ahogo. Fue así cómo fui escudriñando aquellos placeres, a modo de vicios. Conocí a Salinger, Kafka, Cronenberg, Lynch, etcétera. Hoy los detesto. Ensancharon mi pequeño universo y me fui haciendo cada vez más ínfimo. La libertad no sirve cuando estás condicionado, señoras y señores. El mundo no estaba a mis pies, sino en la cima del maldito Everest.
13.
Abro los ojos. Veo mi reloj: 3:18 AM. Recuerdo que tengo sida y esbozo una sonrisa vacía. Pienso: “así que ésta es la forma en que terminará mi historia”. Dejo entrar a Rita y le doy comida, en seguida la acaricio y le digo: “somos iguales”. Desde la confusión, saco una caja que guardo debajo de mi cama, en donde conservo decenas de libros y películas en VHS. Siento rabia y nostalgia. Así las cosas, voy por un whisky que reservo para ocasiones especiales. Pienso: “¿qué más especial que el anuncio de tu muerte?” Mientras bebo de la botella, hojeo los libros y reviso los títulos de las cintas. “El guardián entre el centeno” y “Seven” saltan a mi vista. Odio estas pseudo crisis de lucidez; cada vez que ocurren acudo a mi vieja caja.
14.
Mi hermano, Pedro, está fuera del país, prófugo por narcotráfico. Antes de huir, se deshizo legalmente de todos sus bienes. Se los 'compramos' mi hermana y yo. Vivo en la casa más pequeña de las que me cedió y subsisto con el alquiler de las demás. Magdalena me detesta. En el pasado era su ídolo, en la actualidad me considera una escoria repugnante. Tiene razón, soy una escoria repugnante. Es curioso: el arte era mi escape, hoy escapo de él.
15.
Estoy ebrio. Aun así, voy por un papelillo con marihuana skunk y me pongo a fumar, al compás del whisky que sigo tomando. De fondo se oye “hurt” de “Nine Inch Nails”. Al mismo tiempo que hurgo mi caja, me doy cuenta que no quiero una mujer en mi vida, que no se trata de una cuestión de amor o falta de amor, sino de trascendencia. Me encuentro donde me encuentro por estar en contra de los consensos socioculturales regentes, alcanzados por el hombre producto de su itinerario histórico y sociológico. Los costos y beneficios de una relación afectiva no resolverán mis cuestionamientos, al contrario, los acrecentarán. Estoy dañado. Más allá del bien y el mal, diría Nietzsche. Quizá por eso la conducta animal me parece tan honesta, tan real. De momento dejo de lado mis digresiones. Bebo un largo sorbo, fumo, exhalo. De golpe, me empiezo a sentir mal, muy mal. Pareciera que mi cerebro flota sobre mi cabeza. Caigo al suelo; mis instintos me llevan a adoptar una posición fetal. Giros, más giros. Mi habitación está volando, errática, en medio del espacio sideral. Vomito bilis, escupo sangre. Muero. Nadie puede salvarme. Cierro los ojos.
16.
Borges escribió que los animales son inmortales, porque no saben que morirán. Quiero creer que soy un animal inmortal, digamos que un perro vagabundo, olfateando el culo de los demás perros, persiguiendo automóviles sin razón, follando cuando está en celo, meando donde le pillen las ganas, durmiendo a la hora que le apetezca, ladrando para sentirse acompañado. O quizá debo identificarme con Mersault, aquel hombre a quien la realidad le parece absurda y es incapaz de encontrarle un sentido a la vida, al amor o a la muerte, sin embargo, carezco de la indiferencia casi congénita del personaje de Camus, de allí que busque refugio en mundos paralelos. Entonces tengo que ser un error de cálculo de las sociedades modernas, alguien que no entendió nada, o que optó por no entender nada. Un síntoma, quién sabe. Tal vez únicamente decanté mal la angustia de los grandes autores. O quizá, sólo quizá, soy un mesías; un mesías marginal cuyo evangelio te dice que no corras de un lado a otro, sino que te pongas cómodo a contemplar la debacle. Una figura mesiánica que emerge de los escombros de la humanidad y te hace preguntar en qué momento fallamos.
17.
Abro los ojos. Veo mi reloj y pongo en orden mis ideas. Pienso: “2:13 PM, jueves, estoy vivo”. Me salvé de otra sobredosis. Se oye “Paranoid android”, mi móvil.
- ¿Sí?
- …
- ¿Diga?
- Soy yo, la Cata.
- ¿Quién?
- Necesito hablar contigo. ¿Podemos juntarnos?
- No me siento bien hoy.
- Es importante.
- Te apuesto que no lo es.
- ¡Estoy embarazada!
- Viste, te gané.
5 AM. Ella y yo. Le digo: “pasa”. Entramos a mi casa. No recuerdo su nombre. Estoy entre Katy y Naty. Tipología: tetona, morena, caliente. Se desnuda. Tiene calor. Me acuerdo de las pastillas que tomamos en la fiesta. Va al lavabo y bebe agua durante unos tres minutos. La espero y hago lo mismo. Me pregunta qué tengo; saco mi DNI y dispongo dos líneas blancas sobre una mesa de vidrio. Aspiro una. Se acerca sacudiendo sus tetas; aspira la otra. Le ofrezco más. Me contesta: “estoy bien así”. Me quito la ropa. Advierto mi erección y sonrío. Katy o Naty suelta una carcajada. La toco y me detiene. Dirige mi cabeza hacia sus genitales. Minutos más tarde empezamos. Varío el ritmo: rápido, más rápido, lento, profundo, más lento, rápido. Me creo actor porno. Los vaivenes de sus muecas me provocan un efecto hipnótico. De golpe, siento todo con suma nitidez. Colores. Aromas. Texturas. Palpitaciones. El trayecto de mi vida. ¡Tengo el poder! Soy un sabio, un gurú. Soy Superman. Soy Jesucristo. Soy Buda. Soy Dios. Soy Mario Kreutzberger. Soy Luksic, Angelini y Matte a la vez. Siento todo. Siento náuseas. Cierro los ojos. Abro los ojos y veo a mi madre. Me estoy tirando a mi madre. Siento náuseas. Mi madre me dice: “tu cama huele a perro”. Cierro los ojos. Abro los ojos. Katy o Naty me dice: “tu cama huele a perro”. Siento náuseas. Vomito sobre Katy o Naty: vodka y patatas fritas.
2.
Todo parte en mi infancia. Fue miserable, pero feliz. Bendita sea la ignorancia en que vivía. Ahora sé cosas. Maldito sea el momento en que conocí a Dostoievski, a Camus, a Poe; el instante en que descubrí la belleza de la poesía, el minuto en que quedé maravillado con el cine. Mis compañeros de colegio siempre serán unos ignorantes. Ellos no aprendieron a apreciar el arte; dejaron todas las puertas cerradas. Los envidio. Envidio su mala educación. Ahora tienen oficios con sueldos viles, ven fútbol todos los fines de semana, reclaman contra el gobierno de turno desprovistos de argumentos plausibles, peregrinan dentro de pautas preestablecidas por su metro cuadrado, son machistas, son obtusos y se emborrachan tres o cuatro veces al mes. Así existen. Lo peor de todo es que la mayoría de ellos son felices. El conocimiento sólo sirve para deprimirte. No es necesario crecer pensando y razonando, sino que experimentando y errando. Ratifico: el saber no funciona. Tu alma morirá. La ignorancia, en cambio, es la puta gloria.
3.
Corro al baño y sigo vomitando. Desde mi dormitorio, Katy o Naty me grita insultos y me lanza objetos (discos, ceniceros, tazas, una lámpara). Mientras tanto Rita, mi perra, ladra eufórica. Después de vaciar mi estómago, la busco y no la encuentro. La puerta de mi casa está abierta. Sobre mi cama, Rita lame los restos de mi regurgitación. La echo a patadas y se va con la cabeza gacha, pero me da lástima y le silbo para que regrese. Y la muy pilla salta al catre, meneando su mugrienta cola (sabe que me reiré), y duerme junto a mí. Al fin y al cabo, es igual que yo.
4.
Durante mucho tiempo viví en una pocilga en medio de una quebrada con mis padres y mis dos hermanos. Comíamos mal y no teníamos luz ni agua. Si llovía, había que dormir en el barro; y si te ponías malo, había que rezar. Pero a mí no me importaba. A mis ojos, sobrevivir era una buena vida (no conocía otra). En mi escuela todos eran como yo, a excepción de los profesores. Recuerdo que me hice amigo de una niña; le contaba cómo andaban las cosas en mi casa y me oía con atención (ahora sé que era compasión). A veces, me regalaba comida, monedas o velas; yo lo encontraba lo más normal del mundo. Siempre me daba consejos. Cuando mi hermano mayor se fue de casa, la niña me dijo que ahora yo debía hacerme cargo de mi hermana pequeña, Magdalena, que era sordomuda. Y así lo hice: le cocinaba, la hacía reír, la iba a dejar y a buscar a su escuela especial. A su corta edad, se entendía muy bien con todos. Lógico: nadie le contó que era distinta a los demás.
5.
3 PM. Despierto. Miro a mi alrededor y me contextualizo. Pienso: “estoy en mi casa, estoy solo, es martes”. La casa que habito huele a mierda de perro y vómito. Echo a Rita a la calle e intento reducir la inmundicia con una limpieza rápida. Tengo hambre. Reviso el frigo y sólo encuentro dos panes duros; me los engullo como un animal. Momentos después, me hago un porro de marihuana y me pongo a fumar en la cama. Al cabo de unos minutos ya estoy durmiendo. Más tarde, alguien golpea la puerta y abro los ojos. Es Juan, un amigo. Dice: “ya son las 10 de la noche; ¿hacemos algo?”. Al mismo tiempo, deja una botella de ron un ron sobre la mesa y va por dos vasos. Voy al baño, me mojo la cara, intento despabilarme. Regreso y Juan me muestra una bolsa de setas. Me como unos cuantos junto a unos sorbos de alcohol y pongo el “Kid A” de “Radiohead”. Mi amigo se molesta y me pide música más alegre. Acto seguido, me pregunta cómo me fue ayer con la Paty.
6.
Continuemos con mi infancia. Mi padre, José, se dedicaba a la carpintería; mi madre, Mary, a la prostitución. Descubrí que era puta durante mi adolescencia, varios años después de que nos abandonara; la vi en otra ciudad, vendiéndose en una esquina. Vomité. Tenía ocho años el día en que ella se despidió y no retornó. Todo empeoró a partir de ahí. Mi padre se volvió alcohólico; no lo culpo. Cada vez que conseguía algún trabajo se bebía el dinero que obtenía, hasta que llegó el momento en que se consumió en su vicio. Pasaban semanas sin que lo viéramos. A veces, mi hermano y yo lo encontrábamos tirado en la calle y vaciábamos sus bolsillos; nunca hallamos mucho. Por largo tiempo tuvimos que vivir de la limosna. Mi hermano, Pedro, es seis años mayor que yo; apenas tuvo la oportunidad, se hizo narco y se fue de la casa. A menudo iba a dejarnos dinero a mi hermana y a mí. El día que nos dejó, se encargó de que mi papá no se olvidara de su despedida: le fracturó las costillas y le dislocó la mandíbula. Jamás se han vuelto a ver.
7.
Me hallo en un bar. Suena “Ojalá no te hubiera conocido nunca”. Estoy, pero no estoy. Una mujer me baila; viste un peto rosado que deja ver su abdomen gelatinoso. Sentado en un estropeado sillón, alterno mi visión entre su danza y las inestables luces del local. La canción se oye distante; el bajo, en cambio, es claro y retumbante. La mujer ahora se sienta en mis genitales y continúa moviéndose. Me lame la cara. Oigo risotadas lejanas. En realidad, todo me parece lejano, excepto el invariable sonido del bajo. En algún momento llego a un estado en que nada sé y nada me importa; a un terreno desvanecido e indefinible, donde no existe la noción espacio-tiempo, la realidad paralela que suelo visitar: carcajadas perturbadas, bailes deformes, alcohol desmedido, percepción distorsionada. Voy al baño del bar y me tiro a la chica del peto rosado. Y vuelve a aparecer mi madre, y vuelve a esfumarse. No eyaculo. Me subo el pantalón y veo pasar un ratón.
8.
Perdí la virginidad a los 13 años. La vida es diferente en las afuerzas; se vive en la extrema incultura y libertad, como animales. A esa misma edad dejé mi casa. Lo recuerdo como si fuese ayer. Una furgoneta blanca estacionó fuera de mi escuela, en pleno recreo. Tocaron la campana y entramos a las aulas, entonces el director vino a buscarme. Dijo: recoge tus cosas. Me llevarían a un hogar de menores. Me acuerdo que me condujo por el patio vacío hacia el vehículo. Sentí miedo, desolación. Cuando vino a mi mente Magdalena, entré en pánico. Me eché a llorar, a gritar. Me negué a irme con ellos. Debía protegerla, no podía dejarla sola. A mitad de camino me detuve, absorto, en el centro del patio. Decidí arrancar, pero el director me frenó. De inmediato, se aproximaron dos hombres con traje; me llevaron a rastras al furgón y me metieron a la fuerza, entre mis lágrimas y chillidos. Desde las ventanas de las salas de clases, todos los alumnos observaron mi espectáculo. Presumo que la escuela quedó en silencio, así ocurría siempre.
9.
Unos pasos me despiertan, creo. Tal vez estoy soñando. Entreveo una neblinosa silueta femenina caminando hacia una puerta. El portazo confirma la realidad de la imagen. Abro bien los ojos. Miro mi reloj y me contextualizo. Pienso: “es la 1:37 PM, es miércoles, acaba de irse una mujer que no recuerdo”. Resaca. Me levanto y bebo casi un litro de agua. Mi frigorífico está vacío. Busco la llave de la casa de Juan y voy para allá. Está durmiendo. Reviso su despensa y satisfago mi apetito. Regreso. Estoy desocupado y sin energía, así son mis días. Enciendo el televisor. Pura basura, basura que consumo a diario. Basura que crea héroes falsos, basura que idiotiza. Basura necesaria. Empiezo a fumar yerba, me acuesto, me duermo.
10.
El hogar de menores me mostró otra vida, una segmentada. Me abofeteó la cara y me mostró las cosas como son. De mi papá me alejé por completo, no así de mis hermanos. Pedro me visitaba cada vez que podía; a Magdalena la adoptó una tía y nos seguimos viendo al menos una vez por semana. Mi estadía en el hogar me trajo cosas buenas y malas. De entre las primeras, sin duda, están la alimentación y el abrigo. Y de entre las segundas: los prejuicios, la exclusión, aceptarme como un individuo de segunda clase. De un día para otro, todo mi sistema de creencias se derrumbó.
11.
Suena “Paranoid android” de “Radiohead”. Estoy durmiendo. No sé si la escucho o la sueño. La música se detiene, en seguida vuelve a comenzar. Despierto. Es mi teléfono móvil.
- ¿Sí?
- Hola, soy la Paty.
- ¿Paty?
- Sí, Paty.
- …
- ¿Te acuerdas de mí?
- Algo…
- Nos hemos acostado varias veces. El martes me vomitaste en la cara.
- Ah… ¿Qué te cuentas?
- Te llamaba pa’ decirte que tengo sida, así que tú también.
Colgó. Bostecé. Seguí durmiendo.
12.
Conversemos de mi adolescencia. Me enamoré, sufrí, me enamoré otra vez, infligí sufrimiento. Hasta que me aburrí, o desistí, o dejé de creer en la magia. Pasé de la candidez y el entusiasmo a la vulnerabilidad y el pesimismo. Podríamos decir que me transformé en el prototipo de un existencialismo mal entendido. Culpo al arte. En la época que estuve en el hogar de menores, un conjunto de imágenes o letras formaban la puerta de escape de mi ahogo. Fue así cómo fui escudriñando aquellos placeres, a modo de vicios. Conocí a Salinger, Kafka, Cronenberg, Lynch, etcétera. Hoy los detesto. Ensancharon mi pequeño universo y me fui haciendo cada vez más ínfimo. La libertad no sirve cuando estás condicionado, señoras y señores. El mundo no estaba a mis pies, sino en la cima del maldito Everest.
13.
Abro los ojos. Veo mi reloj: 3:18 AM. Recuerdo que tengo sida y esbozo una sonrisa vacía. Pienso: “así que ésta es la forma en que terminará mi historia”. Dejo entrar a Rita y le doy comida, en seguida la acaricio y le digo: “somos iguales”. Desde la confusión, saco una caja que guardo debajo de mi cama, en donde conservo decenas de libros y películas en VHS. Siento rabia y nostalgia. Así las cosas, voy por un whisky que reservo para ocasiones especiales. Pienso: “¿qué más especial que el anuncio de tu muerte?” Mientras bebo de la botella, hojeo los libros y reviso los títulos de las cintas. “El guardián entre el centeno” y “Seven” saltan a mi vista. Odio estas pseudo crisis de lucidez; cada vez que ocurren acudo a mi vieja caja.
14.
Mi hermano, Pedro, está fuera del país, prófugo por narcotráfico. Antes de huir, se deshizo legalmente de todos sus bienes. Se los 'compramos' mi hermana y yo. Vivo en la casa más pequeña de las que me cedió y subsisto con el alquiler de las demás. Magdalena me detesta. En el pasado era su ídolo, en la actualidad me considera una escoria repugnante. Tiene razón, soy una escoria repugnante. Es curioso: el arte era mi escape, hoy escapo de él.
15.
Estoy ebrio. Aun así, voy por un papelillo con marihuana skunk y me pongo a fumar, al compás del whisky que sigo tomando. De fondo se oye “hurt” de “Nine Inch Nails”. Al mismo tiempo que hurgo mi caja, me doy cuenta que no quiero una mujer en mi vida, que no se trata de una cuestión de amor o falta de amor, sino de trascendencia. Me encuentro donde me encuentro por estar en contra de los consensos socioculturales regentes, alcanzados por el hombre producto de su itinerario histórico y sociológico. Los costos y beneficios de una relación afectiva no resolverán mis cuestionamientos, al contrario, los acrecentarán. Estoy dañado. Más allá del bien y el mal, diría Nietzsche. Quizá por eso la conducta animal me parece tan honesta, tan real. De momento dejo de lado mis digresiones. Bebo un largo sorbo, fumo, exhalo. De golpe, me empiezo a sentir mal, muy mal. Pareciera que mi cerebro flota sobre mi cabeza. Caigo al suelo; mis instintos me llevan a adoptar una posición fetal. Giros, más giros. Mi habitación está volando, errática, en medio del espacio sideral. Vomito bilis, escupo sangre. Muero. Nadie puede salvarme. Cierro los ojos.
16.
Borges escribió que los animales son inmortales, porque no saben que morirán. Quiero creer que soy un animal inmortal, digamos que un perro vagabundo, olfateando el culo de los demás perros, persiguiendo automóviles sin razón, follando cuando está en celo, meando donde le pillen las ganas, durmiendo a la hora que le apetezca, ladrando para sentirse acompañado. O quizá debo identificarme con Mersault, aquel hombre a quien la realidad le parece absurda y es incapaz de encontrarle un sentido a la vida, al amor o a la muerte, sin embargo, carezco de la indiferencia casi congénita del personaje de Camus, de allí que busque refugio en mundos paralelos. Entonces tengo que ser un error de cálculo de las sociedades modernas, alguien que no entendió nada, o que optó por no entender nada. Un síntoma, quién sabe. Tal vez únicamente decanté mal la angustia de los grandes autores. O quizá, sólo quizá, soy un mesías; un mesías marginal cuyo evangelio te dice que no corras de un lado a otro, sino que te pongas cómodo a contemplar la debacle. Una figura mesiánica que emerge de los escombros de la humanidad y te hace preguntar en qué momento fallamos.
17.
Abro los ojos. Veo mi reloj y pongo en orden mis ideas. Pienso: “2:13 PM, jueves, estoy vivo”. Me salvé de otra sobredosis. Se oye “Paranoid android”, mi móvil.
- ¿Sí?
- …
- ¿Diga?
- Soy yo, la Cata.
- ¿Quién?
- Necesito hablar contigo. ¿Podemos juntarnos?
- No me siento bien hoy.
- Es importante.
- Te apuesto que no lo es.
- ¡Estoy embarazada!
- Viste, te gané.
sábado 17 de diciembre de 2011
Algo que necesitaba poner por escrito
Yo no soy de esos. Yo no abandono. Yo no tiro la toalla y digo que ya no merece la pena. Estoy aquí y estaré hasta el último minuto. Hasta que caiga la última piedra. Yo no me iré. Yo nunca me he ido.
Yo soy capaz de levantar esto porque antes levanté losas más pesadas. Esto no me asusta ni me intimida, porque he toreado en peores plazas.
No voy a rendirme, porque una vez así lo prometí. No voy a abandonar el barco porque sé que soy capaz de mantenerlo a flote. Esto ha sido siempre mi vida, enfrentarme a un problema, estudiarlo y resolverlo.
Necesitaba ponerlo por escrito, porque últimamente lo olvido con demasiada frecuencia.
Yo soy capaz de levantar esto porque antes levanté losas más pesadas. Esto no me asusta ni me intimida, porque he toreado en peores plazas.
No voy a rendirme, porque una vez así lo prometí. No voy a abandonar el barco porque sé que soy capaz de mantenerlo a flote. Esto ha sido siempre mi vida, enfrentarme a un problema, estudiarlo y resolverlo.
Necesitaba ponerlo por escrito, porque últimamente lo olvido con demasiada frecuencia.
miércoles 7 de diciembre de 2011
Mi cuarto de invitados
Creo que, ni aunque las pensara durante toda la noche, sería capaz de encontrar las palabras que se ajusten con precisión a la felicidad que siento por haber vuelto a mi casa.
Después de un año largo dando tumbos, ni siquiera me molesta tener que dormir en el cuarto de invitados.
Confieso que no es la primera vez. Hace un par de años, quizá un poco más, una chica me dejó. Se llamaba Encarni. Sí, esa de la que aún hablo de vez en cuando. Las noches siguientes a aquella noche, después de comprobar que no podía dormir en 'nuestra' cama, decidí mudarme al cuarto de invitados.
Recuerdo que, para volver a dormir en la habitación grande, tuve que cogerme una de las mayores borracheras de mi vida. En tal estado, hubiera sido capaz de dormir hasta en la bañera.
Nunca antes, y nunca después, volví a dormir en esa habitación. Hasta ahora. Y me ha dado por recordar aquellas noches, en las que también me pregunto cómo estará ella, cómo le habrá tratado la vida, y si, de vez en cuando, también ella se acordará de mí.
Después de un año largo dando tumbos, ni siquiera me molesta tener que dormir en el cuarto de invitados.
Confieso que no es la primera vez. Hace un par de años, quizá un poco más, una chica me dejó. Se llamaba Encarni. Sí, esa de la que aún hablo de vez en cuando. Las noches siguientes a aquella noche, después de comprobar que no podía dormir en 'nuestra' cama, decidí mudarme al cuarto de invitados.
Recuerdo que, para volver a dormir en la habitación grande, tuve que cogerme una de las mayores borracheras de mi vida. En tal estado, hubiera sido capaz de dormir hasta en la bañera.
Nunca antes, y nunca después, volví a dormir en esa habitación. Hasta ahora. Y me ha dado por recordar aquellas noches, en las que también me pregunto cómo estará ella, cómo le habrá tratado la vida, y si, de vez en cuando, también ella se acordará de mí.
domingo 4 de diciembre de 2011
Quiero
Quiero un escandalo
Un estallido social
Quiero que todo el mundo hable de ello
Que sea injusto
Quiero que toda la gente lo tache de ilógico
Quiero que me odie
Y que quiera morir
Quiero esa mirada furtiva
Ese ojo de odio que solo es tuyo
Que me desea y que me corrompe
Que deseo y quiero corromper
Esa mirada que nadie mira
Que solo yo miro
Ese secreto en el poso del café
Esa caricia que escondes
Ese roce que es solo mio
Quiero que sufra porque te ama
Como sufro porque esta noche no eres mía
Quiero causar dolor y que sea eterno
Quiero dolerte por cada minuto que no me tengas
Quiero amarte más que cualquier otra cosa
Quiero la muerte si es contigo
Quiero vivir y que sea contigo
Quiero vivirte y que sea para siempre
Quiero un odio devastador
Quiero tu alma
Quiero tu vida, quiero tu mirada mentirosa
Quiero ser el próximo que sufra tu pérdida.
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